Si, del banco de Santander, del BSCH, de ese banco que quiere ser el mío, pero que yo no lo quiero ni regalado porque no sé cuantos cadáveres tendrá bajo las alfombras.
Nuestra historia comenzó cuando vine a trabajar a este pueblo. A los años decidí meterme en un piso y pasé por el correspondiente calvario y pagué la consecuente novatada, que minimizé todo lo que pude.
Yo tenía mis ahorrillos y mi nómina en el BBV (antes BB, después BBVA, y cuando leas esta entrada, cualquiér otro nombre). Como me tocaba enterarme de qué era una hipoteca y entonces no había Google ni muchas páginas que hablasen de ello, aprendí por la técnica de ensayo – error. Fuí a mi “banco de confianza” y escuché aténtamente sus condiciones. La oferta vinculante de la que había oído hablar era una hoja en blanco garabateada ante mí, y eso fué una constante en todas las entidades visitadas.
Como en mi pueblo natal había unas 12 entidades finacieras deseando hipotecar a incautos, me hice el peregrinaje completo, hasta que volví a mi “banco de confianza” con la confianza perdida. La conversación no textual fue del tipo:
- ¡Oye!: que he pegado un vistazo por ahí y resulta que me habeis ofrecido las peores condiciones de todo el mercado interbancario.
- Es lo que hay.
- Pues si me busco el crédito en otro banco, mi cuenta, ahorros y nómina se van detrás.
- Tú verás.
Después de esa lección de atención al cliente, con los conceptos de calidad, interés Mibor, Ceca, diferencial, comisiones, tasación, notaría, y pringado muy claritos, me encuentro entre las dos opciones menos peores:
- Bankinter, que me ofrecía un 5,25% de interés (y otras comisiones más aburridas por lo uniformes que eran con el reso de bancos).
- El Santander, que me ofrecía un 4,95% y el mismo listado de comisiones con los mismos porcentajes garabateados y sin membrete.
Como quería un crédito fijo porque no me gustan las sorpresas (lease variaciones del Mibor), me comprometí con el Santander, hasta que llegó la primera sorpresa 3 días antes de firmar en el notario:
- Oye: es que en la capital me han rechazado las condiciones y te tengo que ofrecer un 5′25%
- Ahora bajo.
En 5 minutos estaba con mi flamante asesor:
- ¿Qué es eso del cambio de condiciones?
- Bla, bla, bla, 5,25%, bla, bla.
- Pues por los cojones: tienes 24 horas para hacerme una oferta mejor o me voy al Bankinter, que me ha ofrecido las mismas condicines y hasta ahora no me ha tomado por jilipoyas.
- Pero es que el notario ya está avisado y tenemos cita.
- Sí, y me parecería justo que le pague quien lo ha llamado, usease vosotros ¿no?
- Bueno: lo intentaré.
Al día siguiente me llama para decirme que el interés se queda en el 5,15%: una mierda más baja, pero la verdad es que era mi mejor opción: con el mosqueo, yo ya había perdido el culo por volver al Bankinter, donde me contaron que la política del banco había cambiado y ya no aprobaban créditos a interés fijo. Además, en menos de una semana me iba a trabajar a Argentina, con lo que no estaba para juegos: la casa elegida, el precio negociado, la fecha puesta,… esos detalles que no te hacen tomar decisiones precipitadas.
Total, que acordado el interés, nos vamos para el notario: yo, las dueñas del piso, mi asesor personal, el suyo,… Como decían Les Luthiers: “Sólo faltaba la sota”.
Allí, el señor notario, lee los términos deprisa, me deja una copia, y veo un pequeño detalle no mencionado hasta entonces:
Gastos de correo a mi cuenta.
- ¿Y ésto que hace aquí?
- Bla, bla, bla, son condiciones standard, bla, bla, bla.
- (Mentalmente: 28 céntimos * 180 plazos = 50,4€)
- Ésta os la guardo hasta el día del juicio final por la tarde.
- Bla, bla, bla.
Aquí, el señor Notario tiene la amabilidad de dejarnos un ratito sólos para hablar de nuestras cosas y hacer nuestras sumas antes de la firma.
Bueno: ya me había casado por el banco: ya tenía una casa para arreglar y una deuda para 15 años. Además tenía un sumidero en mi cuenta corriente que se tragaba algo más del 50% de mi sueldo neto mensual. Mi asesor personal ya me habían comentado lo inconveniente de endeudarme tánto, y me proponía que me hipotecase a 20 años. Yo ya había echado las cuentas: un crédito a 20 años y al 5% significa que la casa te cuesta el doble. Además: tenía un cierto optimismo con mi trabajo y mi salario, que se ha cumplido. Además: siempre estaba la posibilidad de casarme con una rica heredera ¿no?
Bueno: pues desde entonces, mi relación con el Santander ha sido igual de agradable. Cada vez que me han hecho una de sus gracias, les he retirado alguno de mis recibos. En la actualidad sólo tengo allí uno o dos recibos y nada más: me abrí una cuenta en Bankinter, donde tengo mi nómina, prácticamente todos mis recibos y mis ahorros. Prometo que antes de agotar los 4 años que me quedan, no quedará ningún recibo.
Por supuesto, hay inconvenientes: no hay oficina de Bankinter en mi pueblo, y me tengo que desplazar 7 Km para cualquier gestión. A cambio, la banca on-line funciona bien y su visa es gratis si tienes la nómina domiciliada. Lo malo: me tengo que acordar de transferir dinero al Santander de vez en cuando. Una vez se me pasó porque estaba trabajando fuera, y me tuve que comer un pequeño descubierto de unos días, cuando lo ví en el recibo del crédito.
Una gracia habitual del Santander ha sido cobrarme el envío de los recibos a precio de correo nacional (visita a mi asesor y bronca). Lo que me jodía particularmente era que algún otro recibo también me lo cobraban, y entonces ya me subía por las paredes. Lo que ya me tocaba los cojones de mala manera era cuando me llegaban uno de esos recibos (con el coste del franqueo incluido) y el del crédito (también con su franqueo) en el mismo sonbre.
Entonces ya lo iba saboreando: a la mañana siguiente me metía los 2 recibos en el bolsilo, me iba a trabajar en moto, y hacia la 1:30 (cuando más gente había) me bajaba a la sucursal. Entonces me ponía en la fila y cuando llegaba mi turno, les explicaba mi problema, mi mosqueo y su cagada en un tono lo suficientemente alto para que me oyesen todos los de la fila y los VIPs de empresas que estuviesen en la planta baja con sus asesores personales. En parte era por mala leche y en parte porque los cajeros estaban tras el típico cristal antibalas. Lo que es seguro es que el señor director me oía, porque un par de veces ya se acercó a los cajeros. Al final conseguía que me reintegrasen todos los gastos de correo menos uno de cada sobre. Pero como el show les daba un poco de mala imagen, me empezaron a derivar a mi amigo el asesor personal (en el segundo piso: lejos de las cajas y de la oficina del director).
Como hay un equilibrio en el universo (ignorando la entropía) lo bueno de que no me oyesen los clientes de abajo, se compensaba con lo mal que me llevaba con mi asesor personal, al que tengo la firme intención de amargar la prejubilación tanto como su banco me amarga la existencia. Con él me permito caras, gestos, expresiones y sentadas que no me permito de pie ante el cajero y con gente esperando detrás, y con el mismo resultado: al final traga y me asegura que no volverá a pasar. Hasta que pasa, y entonces vuelvo.
Por supuesto, me siguen clavando el franqueo de cada recibo, tal y como está firmado. Esos cincuentayalgo euros, que al final y con las subidas serán sesentaypocos, me joden desde el primer día pero de vez en cuando me proporcionan alguna alegría. La mejor, la más memorable, la que más le jodió a mi asesor y a su compañera, sucedió hace más o menos un año.
Soy un pequeño caos con los papeles: tardo en ordenarlos, pero luego guardo todos los recibos, nóminas,… bastante más de lo recomendable. Un buen día, ordenando papeles, me doy cuenta de que llevo unos meses sin recibir el recibo del crédito, aunque los tenía anotados en mi libreta alguna vez que la actualicé. Bajé a la sucursal y tenía un descubierto de un par de meses, y si teneis un crédito, sabeis que eso son unas pelas. De cabeza a por mi asesor personal:
- ¿Qué pasa con ésto?
- Bla, bla, bla. Es responsabilidad tuya controlar tu cuenta: si estás al desubierto, te toca pagar.
- Si, y es responsabilidad vuestra enviarme los recibos a casa, que para eso me cobrais el correo y lo teneis firmado ante notario ¿Por qué llevan meses sin llegarme?.
- Bla, bla, bla, no puede ser, bla, bla, bla, será cosa mía, bla, bla, bla.
- ¿A qué dirección estais mandando los recibos?
- A la tuya, ¿a cual si no?
- ¡Mira en el ordenador!
Efectivamente: los estaban enviando a otra dirección de mi barrio, lo que libraba de responsablidad a los inútiles de los carteros de mi zona, que ya se han aprendido los números pero todavía no disinguen las letras, y nos llegan cartas de otra calle con el mismo número de portal.
- Será que tú has dado mal la dirección
- ¡Claro!: por eso hasta ahora me llegaban.
- Pues la habrás cambiado tú.
- O habreis metido la pata restaurando datos de una copia de seguridad.
- ¡Eso no puede ser!
- Mira: menos chorradas: Primero, me vas a imprimir, firmar y sellar todos los recibos que me faltan, y segundo, me vas a quitar la deuda o la siguiente visita va a pasar por el despacho de tu director y por el juzgado, que me tenis contento.
Salí de allí con mis recibos y a los pocos días con el reintegro del descubierto anulado.
Ahora llevo un tiempo tranquilo, pero ya sabes cómo va ésto: ya queda menos para que la vuelvan a cagar.
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